Tomoko se sentó en la parada de bus, mirando distraídamente el paisaje urbano que pasaba ante sus ojos. Su actitud despreocupada era un escudo que usaba para protegerse de las miradas ajenas y de los pensamientos oscuros que a veces la acechaban. Sin embargo, esa tranquilidad se vio interrumpida cuando un hombre vestido de negro, con un sombrero que le cubría gran parte del rostro y una bufanda verde que le daba un aire misterioso, se sentó a su lado en el bus.
Al principio, Tomoko no le prestó mucha atención, pero a medida que el vehículo avanzaba, sintió una extraña incomodidad. Miró por la ventana, tratando de ignorar la sensación de que alguien la observaba. Fue entonces cuando, en un rápido vistazo, se encontró con la mirada de Papyrus, quien la observaba desde el otro lado del pasillo con una sonrisa perversa en su rostro. Su corazón se aceleró y un escalofrío recorrió su espalda.
Inmediatamente, Tomoko giró la cabeza, intentando no mostrar su incomodidad. Papyrus, al darse cuenta de que había sido descubierto, fingió dormir, cubriéndose aún más con su sombrero, como si eso pudiera ocultar su verdadera intención. Pero Tomoko sabía que algo no estaba bien. La atmósfera en el bus se volvió pesada, y la risa burlona de Papyrus resonaba en su mente.
Tomoko respiró hondo, tratando de calmarse. No podía dejar que el miedo la dominara. Se obligó a pensar en otras cosas, en su vida, en sus amigos, en los momentos felices que había vivido. Pero la presencia de Papyrus, con su aura oscura y amenazante, era difícil de ignorar.
Mientras el bus continuaba su ruta, Tomoko decidió que no podía quedarse ahí sentada, paralizada por el miedo. Con determinación, se levantó y se dirigió hacia la puerta del bus, dispuesta a bajarse en la próxima parada. No iba a ser una víctima más. Su historia no iba a terminar así.
Pero lo que no sabía Tomoko, es que antes de bajarse, Papyrus le tomó una foto para que él la identificara y que así él haga lo que una mujer no quiere imaginarse
. La cámara hizo un clic sutil, casi imperceptible, pero para Tomoko, el sonido resonó como un trueno en su mente. Se detuvo en seco, sintiendo que el aire se le escapaba de los pulmones. La imagen de su rostro, capturada sin su consentimiento, se grabó en su memoria como una marca indeleble.
Con el corazón latiendo con fuerza, se giró lentamente, enfrentando a Papyrus. Su sonrisa burlona había desaparecido, y en su lugar había una expresión de satisfacción inquietante. Tomoko sintió que el miedo se transformaba en rabia. No iba a dejar que un extraño la intimidara, no iba a permitir que su vida se convirtiera en un juego para alguien como él.
—¿Qué quieres de mí? —preguntó, tratando de que su voz sonara firme, aunque temblaba por dentro.
Papyrus se encogió de hombros, como si su intención fuera un misterio. Pero sus ojos, oscuros y profundos, revelaban una intención que Tomoko no podía ignorar. La atmósfera en el bus se volvió aún más tensa, y los demás pasajeros parecían ajenos a la confrontación que se desarrollaba.
—Solo estoy admirando la belleza de la vida —respondió él, su tono suave y sarcástico. —Y tú, querida, eres un retrato perfecto.
Tomoko sintió que la ira burbujeaba dentro de ella. No iba a dejar que sus palabras la afectaran. Con un movimiento decidido, se dio la vuelta y se dirigió hacia la puerta, pero antes de que pudiera alcanzarla, Papyrus se levantó y la bloqueó.
—No tan rápido —dijo, su voz ahora más grave, casi amenazante. —No puedes escapar tan fácilmente.
Tomoko sintió que el pánico comenzaba a apoderarse de ella, pero recordó las palabras de su madre: "La valentía no es la ausencia de miedo, sino la decisión de enfrentarlo". Con un giro rápido, se enfrentó a él.
—¡Déjame pasar! —gritó, su voz resonando en el pequeño espacio del bus.
Los pasajeros comenzaron a mirar, algunos con curiosidad, otros con preocupación. Papyrus, sorprendido por su reacción, retrocedió un paso, pero su mirada seguía fija en ella, como un depredador que evalúa a su presa.
—No tienes que ser así, Tomoko. Solo quiero conocerte mejor —dijo, su tono ahora más suave, casi seductor.
Pero Tomoko no se dejó engañar. Sabía que no podía confiar en él. Con un movimiento rápido, empujó su hombro contra el de Papyrus y se lanzó hacia la puerta. El conductor, al ver la escena, detuvo el bus y abrió las puertas.
Tomoko salió disparada, sintiendo el aire fresco en su rostro. No se detuvo a mirar atrás, corrió por la acera, su corazón latiendo con fuerza. Sabía que había tomado la decisión correcta, que había enfrentado su miedo y había escapado de las garras de Papyrus.
Mientras se alejaba, una sensación de alivio la invadió. Había recuperado el control de su vida, y aunque sabía que Papyrus podría volver a aparecer, estaba decidida a no dejar que el miedo la dominara. Su historia no iba a terminar así; era solo el comienzo de una nueva etapa, una en la que ella sería la protagonista de su propio destino.